Reformar, no mimetizar


Reformar, no mimetizar.
Manuel Cendales

La presente reflexión ha nacido a partir  de la idea que reformar la iglesia local debe ser una tarea continua y constante. No como una mera nostalgia del siglo XVI, sino como una seria y responsable labor de parte de liderazgo cristiano frente a la proliferación de doctrinas de demonios, advertidas desde el primer siglo por el apóstol Pablo (1 Tim. 4). En su providencia, Dios ha traído un resurgimiento de la teología reformada en los últimos años. Esto ha conllevado a  un despertar en no pocos pastores de nuestro continente, que se han visto de pronto con la necesidad de reformar muchos aspectos de su teología, y de revisar ciertas prácticas de sus congregaciones.

Nuestra iglesia local, Iglesia Comunidad Cristiana Reedificando, es bautista y en reforma desde hace 10 años. Alguna vez uno de nuestros maestros de Hermenéutica fue abordado por un hermano preguntándole, “¿diez años y aún en reforma?”, a lo que el maestro respondió “bueno, lo que yo entiendo es que siempre estamos en reforma”.

Si alguno presume haber llegado a la reforma total, es porque jamás inició el proceso; no tiene idea del tiempo y costo que demanda. David Merk, cuando hablaba de la reforma del siglo XVI,  explicaba que la reforma era más que un regreso a la iglesia más bíblica que existió externa y espiritualmente. En Mateo 16:18, Jesús no prometió meramente que restauraría su Iglesia de vez en cuando, reparando el daño causado por las puertas del Hades: Él prometió edificar su iglesia positivamente. Una reforma que fue más allá de algo externo, llegando a un avivamiento del interior.

Allí es donde es necesario parar y cuestionarnos qué requiere la iglesia contemporánea, ¿reformarse, en el sentido más profundo y espiritual de la palabra, o sencillamente “mimetizarse”?

Reformarse no es simplemente implementar ciertos principios cultuales y externos de la religión cristiana bíblica, sin la debida comprensión, interiorización y persuasión de la verdad bíblica. No hacemos referencia a un ejercicio meramente intelectual: necesitamos en realidad la obra del glorioso Espíritu Santo.


Ahora bien, el mimetismo es una habilidad que ciertos seres vivos poseen para asemejarse a otros organismos, con los que no guardan relación, y a su propio entorno, para obtener alguna ventaja funcional. El objeto del mimetismo es engañar a los sentidos, induciendo determinada conducta. El caso más conocido en la naturaleza es el del camaleón, cuyos colores de piel cambian según el entorno en el que se desplace. Cualquiera sea la circunstancia, el mimetismo produce engaño, falsa apariencia de lo que pretende ser; un cambio superficial.





En segunda de Timoteo 3:14 leemos: “Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quién has aprendido“. Este texto está inmerso en una de las dos cartas de Pablo a Timoteo, que junto a la de Tito son conocidas como las cartas pastorales por excelencia. Estas cartas están dirigidas a líderes de la iglesia, quienes tienen la responsabilidad de encaminar a la iglesia, y que no sólo están llenos de conocimiento, sino que son ejemplo a seguir por la grey. Este texto tiene mucho que enseñarnos.

El  proceso interno que presupone la reforma

Desde los versículos iniciales  de su primera carta, y a lo largo de las dos dirigidas a Timoteo (al igual que la de Tito), vemos que Pablo exhorta a Timoteo a que sea un defensor de la Fe  en un contexto de error y apostasía presentes, advirtiéndole que esto sería característicos de los postreros días.

Pablo inicia su primera carta insistiendo a Timoteo que mande que no se enseñen doctrinas diferentes o extrañas. En el contexto precedente más cercano (2 Tim. 3.1-9), Pablo previene a Timoteo de líderes falsos, charlatanes e impostores; que aparentan ser maestros de la verdad, y no son más que engañadores.

Mientras, a Timoteo lo señala como un hombre de la verdad, aconsejándole que persista en lo que ha aprendido y se persuadió, sabiendo de quién ha aprendido (2 Tim 3:14). Es allí donde Pablo menciona tres palabras clave que indican en qué consiste una reforma verdadera: Aprender, persuadirse y persistir.

Aprendizaje de la verdad. No hablamos de algo meramente intelectual. La misma epístola de Santiago nos enseña que tener una doctrina ortodoxa no es suficiente, porque aun los demonios son ortodoxos en el sentido de conocer y reconocer la verdad acerca de Dios.

Cuando Pedro confesó que Jesús era el Hijo de Dios, el Mesías, “Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt. 16:17). Confiar solo en información académica y pensar que es sinónimo de reforma es un error; peor aún, cuando algunos han reducido el evangelio a los  cinco puntos de Calvino (puntos con los que tengo plena identidad). El mero conocimiento intelectual de la verdad puede enmascarar una fe falsa.

Persuasión. Estoy completamente identificado con aquellos piadoso comentaristas bíblicos que piensan que aprender no basta. Lo aprendido debe ser aplicado al corazón por el Espíritu Santo para que uno llegue a estar convencido con una convicción que transforma la vida.

El  conocimiento envanece (1 Cor. 8:1); por ello no debemos poner en el ministerio un neófito (1 Tim 1:3-6). El evangelio debe reflejar una vida transformada y no meramente informada.

Persistencia: Nadie puede persistir en aquello que desconoce y de lo cual no está absolutamente convencido. Esto último es algo por lo cual los movimientos y misiones pro reforma se debilitan y desalientan. Hay una eterna diferencia entre aprender intelectualmente y ser enseñado por el Espíritu Santo.

La primera etapa para emprender la reforma es exponer las verdades medulares del Cristianismo: empezando por la inerrancia, suficiencia y autoridad divina de la  de la Biblia, pasando por hermenéutica, y a partir de allí una exposición correcta del evangelio (tan desfigurado en nuestros días), y consecuentemente la  Soberanía de Dios, Eclesiología, que incluye tanto la práctica como la ética del oficio pastoral y los principios neo-pactuales que delinean la membresía, etc. Es entonces cuando se hace imprescindible la persuasión interna, lo que demanda naturalmente de tiempo.

El costo de la reforma

La reforma en sí misma es someterse en totalidad a las escrituras. Esto, sin duda, recibirá oposición, aflicción y afrenta; por eso dijo Pablo a Timoteo que quienes quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución (2 Tim. 2:12).

Persecuciones… ¿de parte de quién? En primer lugar, de los malos hombres; de aquellos que poseen una fe falsa. También de creyentes con poca luz, que en muchas ocasiones abandonan la iglesia. Por otro lado, la incomprensión de hermanos que están a favor de la reforma, pero que no han entendido los puntos expuestos anteriormente, llegando algunos a pensar que esta debe expresarse en lo cultual de una forma única y uniforme en toda iglesia que se precia de ser reformada.

El tiempo que se toma reformar

En cuanto a eclesiología, uno de los hombres que más ha influenciado nuestra comunidad es el hermano Mark Dever, autor del asertivo libro “Nueve señales de una iglesia saludable“, escribió además en compañía de Paul Alexander un libro titulado “La Iglesia deliberante“, y allí se refiere al tiempo que lleva constituir una iglesia saludable. Dever asegura que:

“La mejor manera de perder su lugar de influencia como pastor es ser apresurado, forzar radicalmente (aun si es bíblico) un cambio antes de que las personas estén listas para seguirlo y apropiarse de él. No sucede en primer año. Dios está obrando para la eternidad, Y Él está trabajando desde la eternidad. Él no tiene prisa. De manera que es sabio mostrar interés por la congregación y preocupación por la unidad de la Iglesia, no corriendo, rebasándolos y dejándolos atrás. Corra al paso que la congregación pueda correr (2 Tim. 4.2). La mayoría de nosotros pensamos en solo cinco o diez años sobre la marcha (si acaso), pero la paciencia en el pastorado requiere pensar en términos de veinte, treinta o aun cincuenta años. Quédese con ellos, siga enseñando, siga modelando, siga liderando y siga amando”.

Aún más cuando se trata de  reformar una iglesia que militó bajo doctrinas del error, que ralló en la herejía y se encamina de regreso a  la norma bíblica. Diez años llevamos, querido lector, siempre en reforma, un modelo de gobierno exclusivamente varonil, con pluralidad de ancianos, y un número saludable de hermanos en el diaconado; una iglesia constituida y que diferencie entre membresía y asistencia, que sabe que la ley moral de Dios está vigente y esto incluye acordarse del día de reposo; que ha estrechado la puerta de entrada de acuerdo a la Biblia y ha ampliado la de salida con la disciplina de la iglesia, tanto formativa como correctiva; que edifica a los creyentes y testifica a los impíos con evangelismo bíblico, y aún estamos en reforma… ¡Qué longanimidad y paciencia pedimos día a día a nuestro misericordioso Dios! Solo por su gracia hemos subido al primer escalón de una casi interminable escalera.

Los mentores

Volvemos a nuestro pasaje de 2 Timoteo 3:14. Pablo enfatiza al final: “sabiendo de quién has aprendido”. Esta es una referencia al mismo apóstol Pablo, mentor de Timoteo, quien subraya en la importancia que tiene el carácter, el mensaje del maestro, la manera cómo desarrolla su labor, en este caso, el reformar.

Aquel que quiera asumir el liderazgo en la reforma deberá imitar en prudencia, paciencia y respeto a aquellos que han emprendido el regreso al modelo bíblico. De allí se desprende la importancia que tiene el mentor dentro de la reforma. Su conducta marcará los linderos de aquellos a quienes llevan de regreso al evangelio de Cristo. Las Escrituras hacen evidente la importancia del carácter de un mentor reformado.

Mi experiencia como pastor me enseña lo fácil que se hace repetir las enseñanzas  de los pre-reformadores y reformadores y tomarlas como propias, sin que las mismas hayan transformado nuestras vidas, pero sí esperando que cambien la vida de nuestros discípulos.

Una palabra final: debemos huirle al caudillismo, el apostolado o el denominacionalismo reformado, ya que son una contradicción contra el espíritu mismo de la reforma.