EL PEQUEÑO HOYO

EL PEQUEÑO HOYO
( Revista Palabra Profética. Vigésima Edición. Año 2003) 


“Id a la ciudad y os saldrá al encuentro un hombre que lleva un cántaro de agua; seguidle…”
                                                                                              Marcos14:13

 Sí existe un enemigo acérrimo de la humildad y sencillez de la fe que debe caracterizar a un Ministro de Dios, este enemigo es la búsqueda de popularidad, pues tras el deseo de hallar “renombre”, constantemente es golpeado por la desilusión, el desánimo y en muchas ocasiones hasta el descrédito.

 La popularidad muy rara vez coincide con un genuino llamamiento y una apropiada manera de glorificar a Dios. Si hiciésemos un sobrevuelo breve al Antiguo Testamento, descubriríamos cuán impopulares fueron aquellos siervos de Dios para el momento histórico en que les correspondió ejercer el don.

El mayor y más conocido de los hombres de Dios, en razón a que fue usado para traer la Ley a Israel, es Moisés. La Biblia lo define como “el hombre más manso que ha existido; su proceder fue intachable y ajustado a la obediencia a Jehová; a pesar de ello o mejor “tal vez por ello” fue constantemente rechazado, abucheado, traicionado por el pueblo a quien tanto le sirvió. De todas las rebeliones que hubo en su contra, la más nombrada es la de Coré[1], hasta su cuñada y su hermano se vieron involucrados en semejantes manifestaciones de impopularidad[2]. Al referirnos a los profetas, Elías llegó a ser tan perseguido que tuvo que esconderse en una cueva, pero al que peor le fue en ese sentido, es al “pobre Jeremías”. Fíjese, si de seguidores se tratará podríamos decir que afortunadamente el Reino de Dios es teocrático, pues de ser democrático las mayorías hubiesen sido la voz de Dios; más no fue así, aquí se desmoronó el adagio popular “pues una gaviota hizo verano”. El pueblo de Dios, contra todo vaticinio del populacho, tal como lo dijo el profeta, fue al cautiverio[3]

 Es que el ansia de “popularidad” es el virus ministerial del momento, ser “renombrados” parace ser la meta de muchos líderes cristianos. ¿Quién de los que servimos al Señor, no se ha visto siquiera una vez atacado por ese bicho? ¡Bendito Dios! Pero el antivirus está a la mano, su Santa Palabra. Mientras la escudriñaba me pregunté ¿no será este afán el que hace que se predique el evangelio por resultados?, es decir, ¿buscando números antes que verdaderos convertidos para el Señor? ¿Queriendo enriquecerse y no enriquecer la misión y la visión, que en últimas es el Reino de Dios?

De no tenerlo claro, debería hacerse la pregunta ¿por qué quiere acceder a los medios de comunicación masiva? ¿Para ganar almas para el Señor o votos para su supra valorado ego?; ¿le motiva el dolor por los perdidos o el amor propio? De su respuesta depende que permanezca firme en el propósito divino, fue precisamente pensando en ello, que me impactó el pasaje bíblico en referencia.

El maestro está a horas de ser sacrificado; se hace pues necesario, dentro del plan divino ubicar una casa con un aposento alto que los albergue para la última noche, para la última cena, y allí como relámpago irrumpe un hombre, que tan rápido como aparece, desaparece de la escena: “el hombre que lleva el cántaro”, permítame amado lector darle algunos detalles: 
  

En primer lugar, “normalmente, el trabajo de traer agua a casa tocaba a las mujeres y nos gusta pensar que se trataba de un humilde discípulo que ya había aprendido que el Señor puede santificar todo servicio, por insignificante que sea” (comentario de Mathew Henry) De entrada, notemos a un siervo de Dios en semejante labor, que en sí misma ya es bastante impopular, y si se quiere raya en el ridículo. 


En segundo lugar, sólo aparece en un versículo paralelo con los evangelios de Mateo y Lucas, y ni siquiera es mencionado su nombre, no hay detalles de su vida, profesión o familia en absoluto. Si el sinónimo más apropiado para ministerio es servir ¡que ministro tan desconocido! Y ¡que ministerio tan fugaz y poco renombrado! Pero, por otro lado, que obediencia y que poco o nada interés de ser exaltado o aplaudido. Sólo cumplió las instrucciones del gran Dios del universo y desapareció de escena, al fin y al cabo, el protagonista único y verdadero es Jesucristo. 

Solamente la humildad y la sobriedad de la fe aseguran la igualdad entre los hombres, la unidad entre la iglesia y la verdadera expresión del amor fraternal. El hombre que busca popularidad es contrario al bíblico; hombre humilde, que se considera menos que los demás. Este maldito afán de notoriedad o reconocimiento ya hizo perder la perspectiva del propósito divino a muchos en el pasado y a muchos se lo está haciendo perder en el presente. Con razón la radicalidad de Dios en que santidad y humildad van de la mano y sus constantes reproches a sus discípulos cuando buscaban honra y gloria de hombres[4]

¿No será esto lo que hace que un siervo envidie a otro, le critique, le difame y hasta le aborrezca? ¿Acaso no es el Dios soberano quien a éste exalta y a aquel humilla?[5] ¿Se deberá a este síndrome de fama , su depresión y decepción del evangelio, del ministerio o de Cristo? 

Amado consiervo, no se puede caer en el “funcionalismo” que personifica la metodología evangélica actual que definiéndose, a sí mismo reza: “todo es válido mientras funcione; lo importante no es la verdad en sí misma, sino el alcanzar los fines propuestos”; dicho más coloquialmente, “en la guerra y en el amor todo se vale”, siempre que alcancemos el éxito esperado, lo demás está bien. ¡Es un error pensar así! 

Contrario a lo que muchos profetas contemporáneos proclamen, el que determine predicar la verdad tal como la Biblia lo expresa, puede convertirle a Usted en el ministro más impopular, rechazado y en muchos casos difamado, no sólo por el pueblo, a lo mejor ni siquiera por él; quizás por quienes comparten el bendito privilegio de predicar a Jesucristo. Fue precisamente el Divino Maestro, quien nos previno respecto de la preocupación de ser aceptados o rechazados, “! Ay de vosotros cuando todos los hombres hablen bien de vosotros! Porque así hacían sus padres con los falsos profetas”[6] y en otro lugar, dice Pablo que a pesar de que “no damos a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que nuestro ministerio no sea vituperado” [7] hemos recibido el llamado para colaborarle a Dios en el ministerio de la reconciliación y debemos perseverar en ello, ya sea por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama. 


Viene a mi memoria el buen amigo David Hormachea, quien en una de sus conferencias dadas en Bogotá, Colombia, dijo “he determinado predicar la Palabra de Dios, independientemente de…”

Déjeme terminar citando a uno de los más prolijos reformadores, impopular en su época, aunque fructífero, tan impopular que se vio en destierro, en razón a la defensa de la verdad Bíblica, frente a la iglesia, frente al estado, frente al populacho y en general a sus detractores. 

En un bello pasaje de uno de sus sermones sobre Job (Sermones 25, Job 6) Calvino dice:
                                             
“es mejor ser como una pequeña fuente que no parece tener mucha agua, que como una gran corriente que a veces se seca por el estiaje, cuánto mejor esta fuente que sólo es un pequeño hoyo de donde apenas puede llenarse un pequeño búcaro de agua. Con todo, allí está, permanece, se utiliza, tiene su propósito y no se seca. Ciertamente que esta fuentecita no tiene una gran apariencia. Apenas si es notada, e incluso escondida cuando los hombres pasan junto a ella. Su manantial está en el interior. Es mejor que tengamos esa pequeña pero persistente fuerza, que una desatinada y ostentosa apariencia que se agota pronto por sí misma” 

No pretenda ser lo que Dios no ha planeado que sea; hay muchas fuentes gigantes que parecen destilar muchas aguas, pero su depósito es un poco de agua estancada que por fuerzas artificiales va y viene siendo siempre la misma, aguas contaminadas, aguas amargas. 

Es mejor un pequeño hoyo cuyo abastecimiento proviene de un inmenso y continuo manantial de agua fresca, permanente y natural, pues saciará verdaderamente la sed de los que le busquen. 

Confíe en Dios, espere en Él y adelante con su ministerio. 

Pr Manuel Cendales S.
palabraprofetica@hotmail.com

1 Números 16
2 Números 12
3 Jeremías 25
4 Juan 8:50
5 Lucas 1:52
6 Lucas 6:26 
7 2ª Corintios 6:3